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El Mariachi

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Según él, fumaba para aliviar la tensión que le causaban los pantalones apretados. Y a diferencia de los universitarios que se escondían de las miradas conocidas, él había crecido en esa calle y desde que la memoria le funciona, ha cantado para hombres con cadenas de oro y borrachas con la lívido encendida. A simple vista un mequetrefe, pero otros coros cantarían si la gente conociera su historia. Perdió la virginidad tras bambalinas bajo una imagen de la virgen de Guadalupe con una señora de cincuenta que decía ser la reencarnación de Marlyn Monroe. A pesar de trabajar noche tras noche (sin parar), es poco lo que duerme en los días. Le gusta ir a los centros comerciales setenteros y jugar videojuegos. Así transcurren los días: entre maquinitas de carros, trompetistas, guitarristas y tequila. Es inevitable mantener la cordura en una profesión que requiere de carisma y licor. Procura no pasar de tres copas. Cuando lo hace suele ponerse alegre y dicharachero, y a menudo se sienta en las ...

Rosa

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Bastarda por el lío amoroso de su madre, que se acostó con dos hermanos y no supo explicarle a su hija cuál era su padre, Rosa se prometió tener un hijo sin papá. Buscó a un hombre en la cantina, bailaron rancheras y durmieron sobre un tejado de barro. Dos semanas sin sangre y una prueba positiva. Era marzo, cuando su vientre apenas asomaba, una catarata roja bajó por sus piernas. Qué lluvioso marzo, qué lluviosas las piernas. Semanas recostada y dudas razonables, la hicieron pensar cuál riesgo correr: La esterilidad elegida o la batalla incierta. Fue al lugar donde los hombres jugaban tejo, emborrachó a uno de bigote castaño y yacieron sobre la arena. Entusiasmada fue al pueblo con un vestido solferino. Compró rosas para decorar y mangostinos para comer. Era mayo y los cucarrones volaban por el aire. Uno de ellos, chocó con la boca de la campesina. Sintió un espasmo en el vientre y vio cómo se manchaba su vestido. Esta vez, el tejo no había funcionado. Qué húmedo es mayo, qué húmeda l...

El Enigma del Parador Rojo

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F elipe miraba al público anonadado. Es fácil creerse importante y otra cosa es serlo. Estaba frente a una delegación internacional ganándose un premio por su último estudio sobre la ocurrencia de la preclampsia y las condiciones ambientales. A pesar de los aplausos, cuando llegó a su habitación miró al techo sin sentirse muy distinto. Quiso recordar por qué se había vuelto estadístico y para su sorpresa, a duras penas recordaba su segundo semestre de pregrado. Sintió un inexplicable sinsentido, parecido a la tristeza. Tomó un vaso de ginebra y se recostó arrullado por el sonido de las cigarras. Después de hundirse en la tranquila nebulosa del silencio, se vio a sí mismo sentado en un comedor grande, lleno de personas que se reían. Vio su ropa y sintió el calor. Era apenas un niño y estaba en un parador ubicado entre la vía que lleva de Bogotá a Melgar. Su madre tenía una cofia en la cabeza y le repetía que se tenía que portar bien, en su típico tono gruñón. En su vida adulta, ella acu...

Federico San Juan

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Una bestia inmaculada, quizás un minotauro, salía en la pantalla del televisor, desarticulaba la mandíbula y advertía sobre el riesgo de dibujar líneas onduladas. Un grupúsculo de militantes malolientes, solía dibujar olas en sus manifestaciones contra el régimen. No suficiente con aniquilarlos tras rastrearlos en escondrijos en universidades públicas, sospechó que su iconografía los haría mártires o héroes proscritos.  Entonces censuró la "s" y la reemplazó por la "z". En un intento desmedido por conservar ciertos conceptos, los grafiteros escribían "zueños" con "z". Los policías, preocupados por la moral de los adolescentes, los detuvieron y frente a un juez que mascaba chicle, advirtieron de la mano de un gramático con parches en los codos, que aunque la palabra no poseía ningún indicio que sugiriera una violación a las nuevas normas su naturaleza voluble e incoherente podría salirse durante algunos momentos, de lo estrictamente definido por l...

Banderas en Marte

  "... Subsisto gracias a la palabra que está subyugada a mis propios muros, que ocultan lo que el mundo no debe ver. Recuerdo el rostro de Andrés cuando me dijo con la voz entrecortada que había visto a su mamá pasar por la ventana de la reja, el único lugar que lo conectaba con el exterior. No lo escuchó cuando gritó su nombre, tal vez su tristeza la había hundido en laberintos que mataron su instinto y eliminaron la posibilidad de haberse dado cuenta del pedido de auxilio de su hijo y salvarlo de las garras del general. Caminó derecho con el rostro pálido y la mirada inmutable, mientras Andrés absorto y derrotado, observaba el profundo azul del cielo. Ese día los muchachos hicieron confesar a un periodista lo que había descubierto sobre las andanzas del presidente. No era poco. Me atrevería a decir que hizo todo lo posible para ganarse un puesto allí, en las que en otra época fueran las habitaciones de las clarisas. Publicó un artículo en un pasquín de revoltosos en el que reve...

El Mal Astronauta

  Sucumbió a los encantos de metano de Venus, se perdió en las llanuras de Marte, conoció a una mujer en la Luna con piel de porcelana y besos lunáticos, esquivó los anillos de Saturno y de salto en salto extrañó los brazos de alguien que conoció en una de sus aventuras. Confundido durante el camino a Plutón, con la mente puesta en una persona cuya mirada era superior a toda su filosofía, se descubrió perdido. Desesperado, buscó en sus bolsillos y tras sacar una brújula, recordó que ni el amor, ni el universo, tienen norte.

Gafas para Hacer el Amor

  A ti, a quien conocí muy tarde.   Eran las 6:30 A.M y Santiago peleaba con su desayuno mentalmente. Agradecía a la vida y a ese Dios que no lo escuchaba, por seguir otro día vivo. Pero era inevitable luchar contra el jugo de naranja y el pan, pues si no tenía suficiente cuidado podría volver a sucederle. Tomó un poco de mantequilla e introdujo la rebanada. Masticaba como cuando a una máquina le hace falta mantenimiento. Todo iba bien, hasta que lo sintió. Comenzó a toser y se ahogaba. Más que miedo, esta vez tenía rabia. Su mamá corrió hacia la sala y ya conocedora del procedimiento, lo sacudió y logró hacerlo escupir. Tomó un taxi como de costumbre, con el bastón y las gafas negras. Era su conductor favorito con quien hablaban de la vida y de Dios. Un par de chistes libres de sarcasmo y un montón de halagos mutuos. Ambos estaban dónde debían estar y con quién querían. O eso pensaba él. Llegó a una clínica de cristales azules. Saludó al portero modulando con alguna dificulta...